sábado, 28 de mayo de 2011

Ni na ni fu ni fa

Bueno, esta vez entro por algo concreto. Mi perra Nina murió hace ya un tiempo, pero no quita las muchas cosas que siento por su ausencia. Escribí algo, no sé si es bueno, no se si es malo... es una muestra de lo que pasó. De esto tratará esta entrada.

Sin más vueltas que darle, aquí les dejo lo que escribí:

    Los relojes recién ahora me indican que es el momento, porque antes, ahogado en lágrimas que no pudieron salir no me atreví a escribir. No intento buscar un cierre a mi pena, sería incapaz. ‘No hay dolor que duela más que el dolor del alma/ no se aleja así nomás’ dice una triste melodía de cierta banda charrúa. En mi caso es absurdo probar explicarles la causa de mi melancolía teniendo en cuenta que lo que uno siente es único y no hay dos personas que sientan idéntico dolor ante las pérdidas; aún así lo haré. Mi pérdida fue terrible y usted podrá imaginarse la muerte. Debo asegurarle que nada alejado de la realidad está, pero no fue una persona: aún no viví la desesperación de no escuchar más el te quiero de un ser querido o recibir los abrazos que tan bien me hacen cuando estoy mal. No. Yo perdí la alegría y la energía a la vez, pasando de saludar y ser bien recibido por mi amada perra a sufrir su ausencia.
    Imborrable me resulta mi último adiós cuando, yéndome y a sabiendas de que esa noche no estaría en casa, la saludé de forma especial por ese no se qué de sentir que al volver de mi escapada ya no estaría. Inconcientemente la despedí, sin imaginar lo que vendría, porque sólo se iba para ser castrada. Esperaba verla al día siguiente, menos enérgica por la operación, pero verla. Ella que siempre me esperaba a mi vuelta, se alegraba por mí y saltaba sobre mí, molestando lo suficiente como para recibir un par de retos, prontos deshechos en cariños y abrazos. Pariente directa de la perra de mis primas que la tuvo junto a muchos otros cachorritos hermosos, ya había sufrido la separación de sus hermanos y hermanas e incluso el cambio de ciudad; la noche que su hermano a la distancia murió, ella lloró. Yo no sé si alguien lejano habrá sufrido por su adiós, sólo sé que la extraño.
    Su hermana de aventuras, su compañera de hazañas se quedó sola en el patio de mi casa y llora a veces. A mi otra perra trato de darle esos mimos que necesita, aunque mi pena sea igual o peor que la suya.
    Ese día murió en la veterinaria. Por más que fue mi reclamo prioritario, ya de nada sirve si influyó la mano del médico o no. Mis recuerdos van desde cómo mi vieja esperó a que subiera mi hermana al auto, cómo nos miró, cuán llorosos estaban sus ojos y las palabras: Nina se murió. Mi reacción fue mirar hacia fuera sin mirar, dentro mío se desataba un desplomo de sensaciones e ideas. Sin embargo, no pude llorar. Sí sentía los pucheros de mi hermana, el llanto silencioso de mi mamá al manejar, pero no pude llorar. Me sentí un hijo de puta, una basura; ahí nomás busqué un culpable: mi vieja era responsable de haber decidido que fueran castradas, y a pesar de mis intentos por no hacerla sentir mal, estoy seguro que mi silencio y una contestación cargada de bronca y dolor al almorzar fue demasiado frío para su resquebrajado corazón. Aún así no caía en la cuenta de que no vería más a mi perra con vida, recibiéndome. Seguía sin llorar. Con dolor y en silencio, traté de continuar con mis actividades si bien me resultaba difícil.
    Pude soportar sin llorar a pesar de querer hasta cerca de la noche, cuando en el fondo de mi patio debíamos enterrarla. Me costó salir caminando desde mi habitación hasta donde estaban mis hermanos, parados al lado del pozo. En el piso yacían dos bolsas unidas de gran tamaño y puedo jurar que hasta ahí seguía sin poder llorar. Fue en el momento que mi vieja me pidió ayuda para sacarla de las bolsas que, al correr una de ellas, la cabeza cayó inerte, seca y sin vida. Me alejé dando dos pasos hacia atrás y traté de ocultar mis lágrimas que recién ahí florecían. Fue un llanto mudo, pero muy sincero, como hacía rato que no lloraba. Esa imagen fue la muestra de que era verdad: estaba muerta y no había vuelta atrás… Mi hermano pudo ayudar a mi mamá de tirar su fallecido cuerpo en el pozo. La noche nos pisaba los talones, pero terminamos de tapar el pozo.
    Debo admitir que al recordar y escribir esto se me mojaron los ojos. Extraño muchísimo a mi perra y el dolor sigue acá, por más que el tiempo lo intente esconder fallidamente. No es ni mi forma de despedirla ni de recordarla, sólo es una expresión de lo que sentí -o mejor dicho, sigo sintiendo desde- ese cuatro de mayo de dos mil once.

No quiero decir nada más.

~See you

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